Fotocuentos

(Con la cámara a cuestas)

Autorretrato (2007)

En Madrid hay un callejón llamado del Gato en donde «las bravas gentes cuidan el tabernáculo de los espejos, donde los peregrinos se quitan el cráneo...». Peregrino de la cámara, al fin, busco en el reflejo distorsionado de uno de los espejos una imagen que llevarme a la boca, antes de entrar, como mandan los cánones, a degustar la salsa patentada de Las Bravas. Me parece ver un vagón de metro en el sueño de azogue, oscuro como la noche de Max Estrella —el pontífice del Esperpentismo—, una mujer inmigrante que parece regalarme un beso y un ensimismado viajero con gafas; alguien canta y toca el acordeón en el vagón (me gustaría que la canción pidiera al reloj que no marque las horas).

La esfinge (2004)

La esfinge se despertó una mañana. Un hombre viejo leía un libro aprovechando la sombra del dios y las estelas de los misiles arañaban el cielo azul. La esfinge miró al hombre y lloró.

La cucaracha (2002)

La había visto un par de veces. Era una cría de cucaracha del tamaño de media judía y estaba siempre muy quieta, en alguno de mis calcetines, como si durmiera también la siesta. En las dos ocasiones anteriores había escapado rápidamente mientras yo miraba con asco el calcetín, dudando sobre si ponérmelo.


Aquella tarde me desperté de la siesta, encendí la luz de la mesilla, me puse las gafas, cogí una zapatilla y a continuación moví los calcetines. Cuando tiré a la basura el cuerpo despachurrado del bicho, pensé que los tiempos que corren no están como para vivir al descubierto.

Veintitantas letras (2006)

El alfabeto es un grupo de símbolos, llamados letras, que utilizados con un orden determinado representan el lenguaje. Son veintitantas letras, no más…
Forman las palabras.

Me enseñaron las letras.
Las palabras se forman de letras.
Pero no me dijeron cómo vivir las palabras.
Me enseñaron cómo comportarme, cómo manejar algunas palabras.
Pero se olvidaron de decirme el significado de algunas de ellas.
Las he tenido que buscar en el transcurso de la vida. Construirlas con veintitantas letras, poca cosa al parecer, ¿verdad?

Las palabras que luego he encontrado, son palabras que tienen que ver con la vida, con la muerte, con la poesía, con el misterio… Son palabras que casi nadie escribe en un teléfono móvil. Son palabras condenadas a muerte.

Conjugo estas palabras cada día. Acaricio la mezcla de letras que las forman. Siento el misterio de su orden aleatorio. Susurro la mezcla de vocales y consonantes y me echo a soñar…

En todo este laberinto de símbolos, ninguna Ariadna me va a prestar ayuda.

Escribo. Junto letras. Formo palabras. Y tengo la esperanza —bendito sea el destino que algunos dicen que existe— de que todas ellas juntas conduzcan a alguna parte.



Que todas ellas formen una escalera al cielo…

(2004)

El viejo emperador Qin Shihuangdi dormía cada noche en un palacio distinto para desorientar a la Muerte. Desde las torres de Xianyang magos y astrónomos patrullaban el cielo, buscando el rastro de la señora del Reino de la Tierra. Escultores y arquitectos miraban temerosos el palacio en donde serían enterrados vivos cuando Él expirara.

Aquella noche, Lao Zhang, el constructor, preparó un vaso de té y vertió el veneno en la infusión. No quería morir de forma tan horrible. Había terminado de beber cuando vio cómo el emperador entraba en su palacio y lloró por haber guiado a la Muerte.

Al final del camino (2004)

La veía pasar todos los atardeceres pedaleando en una vieja bicicleta. El reflejo de la silueta en el agua del canal se desgajaba entre latas oxidadas y neumáticos mohosos. El agua aceitosa teñía de arco iris el difuso dibujo de la ancha pamela blanca de la ciclista sobre el caudal estancado. Era junio y llovía, como siempre. A la anciana dama no parecía importarle, pedaleaba con parsimonia y el faro amarillento de la bicicleta carraspeaba una luz rojiza a cada golpe de pedal.

Sé que no hay nada al final del camino del canal, sólo búnkeres derruidos y cráteres cubiertos de hierba rala. Más allá, la planicie se rompe en un brusco acantilado. La playa, bajo el cielo en blanco y negro, está desierta y la pamela me recuerda a una gaviota volando sobre la arena negra, cerca de las olas erizadas por el viento de poniente.

Nunca quiso hablar conmigo. Pedaleaba y pedaleaba, ida y vuelta, silencio tras silencio, hasta que aquella tarde de junio se paró frente al galpón en donde sobrevivo y me rogó que no la siguiera. Esperé hasta muy tarde, el faro de la bicicleta no apareció traqueteando de regreso por el camino. Me quedé dormido y nunca volví a verla.

El amanecer del día siguiente parecía tener una fluorescencia especial. Imaginaciones, pensé mientras me frotaba los ojos, los días eran iguales desde hacía mucho tiempo. El transistor no capta ninguna emisora y queda poca comida. Creo que nunca volverá a pasar nadie. El camino del canal ya no viene de ninguna parte. Qué más me da: nunca supe montar en bici.

Aquella mirada (2002)

Era verano, viernes, de noche y me aburría, así que me alegró la llamada de Félix. El Felisito llegó una hora después, puesto casi del todo y bien acompañado. Traía debajo del brazo derecho un elepé y del izquierdo una preciosidad de mujer, que se llamaba Marina. Era bajita, tamaño bolsillo, pero tenía un cuerpo de cinco estrellas y unas piernas de para qué que reconozco públicamente —yo soy así— fue lo primero que miré. Seguí avistando después hacia arriba, hasta que llegué a su mirada y ahí me quedé pelín cortado pues Marina tenía estrabismo: un ojo por aquí y otro por allá; pero me colé por ella, a pesar de su mirada divergente. Luego se sentó a mi lado, dejando alrededor un perfume como de reserva natural de la biosfera, mientras el Felisito ponía el disco (los Bee-Gees, un doble en directo) y se liaba a hacer trompetas: «Hasta que acabemos la china, ¿vale?», nos dijo el tío. Marina y yo hablamos sin parar, una delicia el rollo, seguro que hasta salió el Borges en la charla, y a eso del tercer canuto sonó Holiday y flipé del todo: la miraba, y ella a mí con su mirada bifurcada, y yo loco por ella, así que le susurré que tenía una mirada preciosa; me salió del alma. ¿Habéis hecho un castillo de naipes, alguna vez? ¿Y se os ha caído, después? Pues eso, se fue a la media hora escasa y no la he vuelto a ver. Desde entonces, cuando me presentan a una chavala la miro primero a los ojos y no he vuelto a escuchar a los Bee-Gees. Y eso que el disco que traía Felisito era mío.

 

Di que me quieres (2005)

Esta tarde vi la fotografía que nos hicimos en el Village. Brillaba en el fondo de una maleta vieja que encontré en el altillo. Entre gorras ridículas, navajas roñosas y libros sin dedicar, hallé también las pistolas. Recordé cómo las compraste, una pastosa tarde de verano. Hacía poco que habíamos visto ¿Quién teme a Virginia Wolf?, en aquel cine de la 42, y acariciaste la caja de las armas como si fuera el bebé extraviado de la Taylor. Qué bonita mitomanía, corazón: ésta dispara, ésta no…

He escogido una de las pistolas. Monto el percutor. Te oigo llegar por el pasillo. ¿De dónde vienes, cariño?: no me digas que «de por ahí», nadie anda «por ahí» a estas horas. Ya estás muy cerca de la puerta entreabierta… Como en la película, que tanto te gustó, vas a encontrarte con un cañón entre las cejas. Las pestañas te tartamudean, mi amor, pero contéstame sin falta, la urgencia del cañón lo requiere. Mírame como lo hacías en la vieja foto, tesoro, y di que me quieres.

¿Temes que haya cogido la pistola de verdad? No te preocupes por nada, cielo, sé lo que vas a responder…


Juegos de la memoria  (2011), por Carmen López León

(Fotografía: Pedro M. Martínez)

La foto había aparecido en el suplemento dominical de un periódico porque había conseguido no sé qué premio en un certamen. No podía dejar de mirarla, no podía pasar página, como si la imagen me hubiera atrapado y tirara de mí hacia su interior.

Fui a buscar mis gafas para poder observarla con más precisión, últimamente mi vista no es muy buena y los contornos se me desdibujan un poco. Pero no se trataba de nitidez ni de captar detalles, era la atmósfera lo que me resultaba inquietantemente familiar.

Todavía conservo los recuerdos firmes en mi cabeza y cuando quiero atraparlos y fijarlos aparecen primero como sombras en la niebla del tiempo, un tiempo que puedo ubicar exactamente, hasta ir perfilándose con todos los detalles. Por eso estaba segura de que alguna vez yo había estado en ese porche y había estado mirando hacia fuera precisamente lo que mostraba la foto, pero no podía identificar el lugar ni la época y eso me desconcertaba.

La revista seguía abierta sobre el asiento gastado del sofá y la foto parecía ampliarse hasta fundirse con el entorno, las paredes de un gris desvaído de mi sala de estar, las anodinas acuarelas de la pared que una vez, hace mucho tiempo, había pintado yo, la ventana donde comenzaba a ponerse el sol… hasta que la ventana se convirtió en el hueco de la puerta de aquel porche desde donde se podía ver el estanque abandonado y los árboles secos con su intrincado ramaje desnudo.

Sentí miedo y sentí frío, me parecía notar el cabello mojado y las mangas del grueso jersey que comenzaba a dejar pasar la humedad. Y supe que me había refugiado allí porque había caído una intempestiva lluvia insertada caprichosamente en una hermosa tarde de sol invernal.

Corriendo desordenadamente campo a través, huyendo infructuosamente de las gruesas gotas, sorteando los charcos que ya se iban formado en el suelo había dado casi de bruces con la edificación.

Surgió ante mí como si se hubiera alzado del suelo por su propia voluntad para hacerse presente, como un espectro.

Pero era sólida, con paredes de piedra que resistían el embate de los años y una puerta robusta que cerraba lo que sin duda fueron los corrales en la parte trasera.

Caminé pegada al muro apreciando que solo existían unas pequeñas aberturas, como ventanucos situados a un cierto nivel del suelo y enrejados con una simple estructura en cruz.

Hasta que llegué al porche. Desde el principio sentí la confortable sensación de estar a cubierto, el porche era espacioso y mostraba con perfecta simetría dos arcos de medio punto que no se prolongaban hasta el suelo, formando así dos huecos de ventana, a ambos lados de uno mayor que constituía la puerta.

Esa disposición convertía el exterior en una especie de escenario en donde los elementos que podía ver también estaban ordenados armónicamente.

Miraba obsesivamente hacia fuera, había mirado entonces y seguía mirando ahora a través de la fotografía, con la esperanza de que el fotógrafo hubiese podido capturar con su cámara lo que se había hecho presente en el hueco de una de las ventanas, en el marco de la puerta, en el borde del estanque, entre los árboles.

Jugando al escondite con la luz y las sombras del final de una tarde de invierno había visto desfilar por aquel improvisado escenario jirones de mi vida pasada y de mi futuro, éste que me ha llevado hasta el momento actual en el que la fotografía me ha devuelto a la vieja casa.

Pero ahora no veo nada entre los árboles ni alrededor del estanque, no hay señales, no hay indicios, no hay premonición ni advertencia, no hay imágenes del pasado, solo hay una bella fotografía impresa en una revista semanal.

Traté de averiguar si en las escasa líneas que se dedicaban a la noticia del concurso había alguna referencia al sitio donde se había tomado, pero solo pude conocer el nombre del fotógrafo galardonado sin mención siquiera a su origen o residencia actual.

Para tentar a la suerte comprobé si figuraba en la guía telefónica de esta ciudad y así fue, una dirección y un número tras el indicador de la profesión: «Manuel Hernández, fotógrafo, reportajes para bodas, comuniones y otros eventos».

Marqué el teléfono y esperé, atendió la voz de un hombre ya mayor, sí era Manuel Hernández, el premiado, comencé por felicitarle por el éxito y le comenté si podía ir a su estudio para que me tomara algunas fotos con las que obsequiar a mi familia. Aceptó, por supuesto.

La dirección era la de un edificio antiguo del centro histórico, todavía tenía escalera de mármol con baranda de madera y la garita del portero, ahora en desuso, era asimismo de ese material. No había ascensor pero el fotógrafo estaba instalado en el «principal».

Deduje que ya no trabajaba mucho, los «reportajes para bodas, comuniones y otros eventos» los realiza la familia con las cámaras de vídeo digital que todo el mundo usa, manipula y añade efectos sorprendentes y las clásicas fotografías «de estudio» han dejado paso a los álbumes fotográficos que se toman en exteriores.

Manuel quiso informarse de la idea que yo llevaba para las fotos, el hecho de ser ya anciana debió hacerle sentir cómodo porque supuso que no encontraría demasiado obsoletos sus cámaras y efectos de iluminación.

No quise mantener por más tiempo la ficción de aquellas supuestas fotos, aunque estaba cambiando de idea al respecto ya que algunos de los retratos que colgaban en las paredes me parecían muy interesantes. Todos tenían algo de irreal sin dejar de representar fielmente los rasgos de la persona retratada.

Le hablé de su foto premiada, y de la casa de la foto.

—Yo también había estado allí, le dije.

—Ah, sí, la casa, aquella casa… —me respondió.

—¿Qué vio desde el porche, que quiso fotografiar?

—La vida, mi vida, pasaba toda por delante de mí, pero no sale en las fotos, en ninguna foto, y eso que hice muchas.

—¿Dónde está esa casa realmente?

—No lo sé, no lo recuerdo, en mi cabeza, sólo en mi cabeza.

—¿Nadie de los que han ido a la exposición le ha hecho algún comentario?

—No, la gente se para a mirarla y todo el mundo parece que recuerda, que le sugiere alguna cosa. Quizás por eso le han dado el premio. Pero nadie pregunta.

—Supongo que puede estar en cualquier parte, en muchos sitios, para cada uno de nosotros hay una casa como esa en algún momento de su vida. Yo la encontré una vez, una tarde de lluvia, usted la encontró y quiso atrapar su misterio en una foto, quienes la ven ahora piensan que también han estado allí alguna vez, o la han soñado que viene a ser lo mismo.

Manuel me escuchó pensativo pero no dijo nada más. El tema de la casa parecía agotado.

Le encargué un par de retratos míos, para mis hijos. Posé de pie a contra luz, iluminada lateralmente para que no destacaran demasiado las arrugas de mi rostro, y en escorzo sobre una barandilla de estuco.

Hoy he recibido las fotos, en un gran sobre acolchado. En una de ellas se me ve atravesando el arco del porche y en la otra, acodada en el alféizar de una de las ventanas de la vieja casa.

No es que parezca más joven de lo que soy, pero yo diría que parezco intemporal y… realmente no sé cómo ha logrado las composiciones si no maneja equipos informáticos y detesta oír hablar del PhotoShop.

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Carmen López León fue colaboradora de la Revista Almiar durante años, siendo responsable del área de escritura colectiva. Este relato fue una aportación suya a mi página para de la serie de los
fotocuentos.
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