«—En el Sáhara nunca llueve...

—Alguna vez sí, Giovanna. Entonces las
mujeres, cubiertas sus cabezas con el
hiyab, corren y plantan el trigo en la tierra mojada».

"Nunca llueve sobre el Sáhara"
(Nunca llueve sobre el Sáhara, 2008)

Fotocuentos

Autorretrato (2007)


En Madrid hay un callejón llamado del Gato en donde «las bravas gentes cuidan el tabernáculo de los espejos, donde los peregrinos se quitan el cráneo...». Peregrino de la cámara, al fin, busco en el reflejo distorsionado de uno de los espejos una imagen que llevarme a la boca, antes de entrar, como mandan los cánones, a degustar la salsa patentada de Las Bravas. Me parece ver un vagón de metro en el sueño de azogue, oscuro como la noche de Max Estrella —el pontífice del Esperpentismo—, una mujer inmigrante que parece regalarme un beso y un ensimismado viajero con gafas; alguien canta y toca el acordeón en el vagón (me gustaría que la canción pidiera al reloj que no marque las horas).


La esfinge (2004)


La esfinge se despertó una mañana. Un hombre viejo leía un libro aprovechando la sombra del dios y las estelas de los misiles arañaban el cielo azul. La esfinge miró al hombre y lloró.


La cucaracha (2002)


La había visto un par de veces. Era una cría de cucaracha del tamaño de media judía y estaba siempre muy quieta, en alguno de mis calcetines, como si durmiera también la siesta. En las dos ocasiones anteriores había escapado rápidamente mientras yo miraba con asco el calcetín, dudando sobre si ponérmelo.

Aquella tarde me desperté de la siesta, encendí la luz de la mesilla, me puse las gafas, cogí una zapatilla y a continuación moví los calcetines. Cuando tiré a la basura el cuerpo despachurrado del bicho, pensé que los tiempos que corren no están como para vivir al descubierto.


Veintitantas letras (2006)


El alfabeto es un grupo de símbolos, llamados letras, que utilizados con un orden determinado representan el lenguaje. Son veintitantas letras, no más…

Forman las palabras.

Me enseñaron las letras.

Las palabras se forman de letras.

Pero no me dijeron cómo vivir las palabras.

Me enseñaron cómo comportarme, cómo manejar algunas palabras.

Pero se olvidaron de decirme el significado de algunas de ellas.

Las he tenido que buscar en el transcurso de la vida. Construirlas con veintitantas letras, poca cosa al parecer, ¿verdad?


Las palabras que luego he encontrado, son palabras que tienen que ver con la vida, con la muerte, con la poesía, con el misterio… Son palabras que casi nadie escribe en un teléfono móvil. Son palabras condenadas a muerte.

Conjugo estas palabras cada día. Acaricio la mezcla de letras que las forman. Siento el misterio de su orden aleatorio. Susurro la mezcla de vocales y consonantes y me echo a soñar…

En todo este laberinto de símbolos, ninguna Ariadna me va a prestar ayuda.

Escribo. Junto letras. Formo palabras. Y tengo la esperanza —bendito sea el destino que algunos dicen que existe— de que todas ellas juntas conduzcan a alguna parte.

Que todas ellas formen una escalera al cielo…


(2004)


El viejo emperador Qin Shihuangdi dormía cada noche en un palacio distinto para desorientar a la Muerte. Desde las torres de Xianyang magos y astrónomos patrullaban el cielo, buscando el rastro de la señora del Reino de la Tierra. Escultores y arquitectos miraban temerosos el palacio en donde serían enterrados vivos cuando Él expirara.

Aquella noche, Lao Zhang, el constructor, preparó un vaso de té y vertió el veneno en la infusión. No quería morir de forma tan horrible. Había terminado de beber cuando vio cómo el emperador entraba en su palacio y lloró por haber guiado a la Muerte.


Al final del camino (2004)


La veía pasar todos los atardeceres pedaleando en una vieja bicicleta. El reflejo de la silueta en el agua del canal se desgajaba entre latas oxidadas y neumáticos mohosos. El agua aceitosa teñía de arco iris el difuso dibujo de la ancha pamela blanca de la ciclista sobre el caudal estancado. Era junio y llovía, como siempre. A la anciana dama no parecía importarle, pedaleaba con parsimonia y el faro amarillento de la bicicleta carraspeaba una luz rojiza a cada golpe de pedal.

Sé que no hay nada al final del camino del canal, sólo búnkeres derruidos y cráteres cubiertos de hierba rala. Más allá, la planicie se rompe en un brusco acantilado. La playa, bajo el cielo en blanco y negro, está desierta y la pamela me recuerda a una gaviota volando sobre la arena negra, cerca de las olas erizadas por el viento de poniente.

Nunca quiso hablar conmigo. Pedaleaba y pedaleaba, ida y vuelta, silencio tras silencio, hasta que aquella tarde de junio se paró frente al galpón en donde sobrevivo y me rogó que no la siguiera. Esperé hasta muy tarde, el faro de la bicicleta no apareció traqueteando de regreso por el camino. Me quedé dormido y nunca volví a verla.

El amanecer del día siguiente parecía tener una fluorescencia especial. Imaginaciones, pensé mientras me frotaba los ojos, los días eran iguales desde hacía mucho tiempo. El transistor no capta ninguna emisora y queda poca comida. Creo que nunca volverá a pasar nadie. El camino del canal ya no viene de ninguna parte. Qué más me da: nunca supe montar en bici.


Aquella mirada (2002)


Era verano, viernes, de noche y me aburría, así que me alegró la llamada de Félix. El Felisito llegó una hora después, puesto casi del todo y bien acompañado. Traía debajo del brazo derecho un elepé y del izquierdo una preciosidad de mujer, que se llamaba Marina. Era bajita, tamaño bolsillo, pero tenía un cuerpo de cinco estrellas y unas piernas de para qué que reconozco públicamente —yo soy así— fue lo primero que miré. Seguí avistando después hacia arriba, hasta que llegué a su mirada y ahí me quedé pelín cortado pues Marina tenía estrabismo: un ojo por aquí y otro por allá; pero me colé por ella, a pesar de su mirada divergente. Luego se sentó a mi lado, dejando alrededor un perfume como de reserva natural de la biosfera, mientras el Felisito ponía el disco (los Bee-Gees, un doble en directo) y se liaba a hacer trompetas: «Hasta que acabemos la china, ¿vale?», nos dijo el tío. Marina y yo hablamos sin parar, una delicia el rollo, seguro que hasta salió el Borges en la charla, y a eso del tercer canuto sonó "Holiday" y flipé del todo: la miraba, y ella a mí con su mirada bifurcada, y yo loco por ella, así que le susurré que tenía una mirada preciosa; me salió del alma. ¿Habéis hecho un castillo de naipes, alguna vez? ¿Y se os ha caído, después? Pues eso, se fue a la media hora escasa y no la he vuelto a ver. Desde entonces, cuando me presentan a una chavala la miro primero a los ojos y no he vuelto a escuchar a los Bee-Gees. Y eso que el disco que traía Felisito era mío.



Di que me quieres (2002)


Esta tarde vi la fotografía que nos hicimos en el Village. Brillaba en el fondo de una maleta vieja que encontré en el altillo. Entre gorras ridículas, navajas roñosas y libros sin dedicar, hallé también las pistolas. Recordé cómo las compraste, una pastosa tarde de verano. Hacía poco que habíamos visto ¿Quién teme a Virginia Wolf?, en aquel cine de la 42, y acariciaste la caja de las armas como si fuera el bebé extraviado de la Taylor. Qué bonita mitomanía, corazón: ésta dispara, ésta no…

He escogido una de las pistolas. Monto el percutor. Te oigo llegar por el pasillo. ¿De dónde vienes, cariño?: no me digas que «de por ahí», nadie anda «por ahí» a estas horas. Ya estás muy cerca de la puerta entreabierta… Como en la película, que tanto te gustó, vas a encontrarte con un cañón entre las cejas. Las pestañas te tartamudean, mi amor, pero contéstame sin falta, la urgencia del cañón lo requiere. Mírame como lo hacías en la vieja foto, tesoro, y di que me quieres.

¿Temes que haya cogido la pistola de verdad? No te preocupes por nada, cielo, sé lo que vas a responder…



Lee dos relatos de Nunca llueve sobre el Sáhara

En formato PDF tienes a tu disposición dos relatos del libro: "Hilo de oro" y "Todos eran iguales, menos uno". (descargar archivo)